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El año 2002 fue testigo de dos grandes pérdidas para el arte argentino, Víctor Grippo y Oscar Bony. El primero tuvo un importante reconocimiento en el Malba, el año pasado; Bony todavía lo espera. Mientras tanto, y como un emotivo homenaje, se puede visitar Cielo/ Infierno, una excelente muestra que presenta la galería Dharma, con un núcleo de pinturas, Cielos, 1975-2001, y otro que resume la serie Triunfo de la Muerte, que Bony presentara en el Museo Nacional de Bellas Artes en 1998.
La serie de Cielos es sin duda la más cordial, la más agradable al espectador. Consiste en pinturas que representan diferentes composiciones de nubes en el cielo, sin ninguna referencia al horizonte ni a la tierra. Fueron pintados por Bony después de la etapa Di Tella, como una forma de amenguar su suicidio artístico. Cuando en una entrevista (agosto de 1998) preguntamos a Bony si hubo en su vida situaciones límites que lo pusieron frente a la muerte, él contestó: Sí; una fue después del cierre del Instituto Di Tella. Había decidido retirarme, no exponer nunca más en una galería o un museo. Sentí que había entrado en contacto con un frío mortal. Me dio mucho miedo, viví más de cinco años pensando que mi vida había terminado. Había sido una forma de suicidio y luego me dí cuenta de que fue un error garrafal. No lo volvería a hacer jamás. Si bien el resultado de los Cielos es netamente pictórico, la actitud es claramente conceptual; Bony estaba dispuesto a pintar aquello que no se podía pintar: el infinito cambio del universo recortado por la finita mirada del ser humano. La serie de El Triunfo de la Muerte responde a una preocupación clásica en la historia del arte, un memento mori, un recordatorio del destino final del hombre. Las obras consisten en fotografías enmarcadas con vidrios baleados, casi todas autorretratos. El mismo artista las definió así: Los autorretratos con disparos apuntan a señalar la marcación de la figura narcisista. Aparezco yo mismo y entro en la figura del sujeto, vistiendo un ropaje que representa al hombre moderno, el hombre de negocios, el profesional con su traje oscuro y su actitud de corrección política. Camisa blanca y corbata oscura. Piensa lo que debe pensar y dice lo que debe decir. Se reproduce en el espejo del Otro pautado por un traje oscuro. Es decir, no sólo es un enfrentamiento sobre la propia muerte, es también un expediente contra la violencia contemporánea y sobre todo contra el narcisismo dominante en la sociedad. Entre las obras no es vano destacar un paisaje urbano, más precisamente el de Manhattan, con dos disparos certeros en las Torres Gemelas. La obra data de 1994, y uno de los disparos está situado prácticamente en el mismo lugar donde impactaría un avión aquel 11 de septiembre, una fecha que cambió la historia del imperialismo estadounidense.
Además de las pinturas y fotografías baleadas, la muestra está acompañada por dos textos escritos por el artista, en ellos Bony demuestra que fue una de las mentes más lúcidas del arte argentino, sostenido por un espíritu crítico agudo y sin concesiones; como prueba es bueno recordar sus palabras: El narcisismo se ha convertido en una conformación aceptada de nuestra cultura. Sucede delante nuestro diariamente. El individuo se desliza hacia una zona hedonista, se afirma a sí mismo, se rodea de símbolos de poder desprovisto de valores éticos; el individuo escapa a cualquier marco de trascendencia. Se puede decir que estas modificaciones del terreno son mutaciones antropológicas, en escala mayor son los experimentos de la ingeniería genética. (...) Hemos sustituido la dimensión histórica e ideológica por la banalidad absoluta. Nuestro objeto de contemplación y de deseo es la banalidad cotidiana; se puede decir que ella es el extremo más cruel que existe, porque consigue exterminar toda posibilidad de sentido.
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